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¿El Quinto Elemento? Pues, menudo elemento...

Luis F. Mayorgas

Parece que la intención que había detrás del lanzamiento de El Quinto Elemento, película de producción francesa, era demostrar que Europa podía crear un blockbuster al más puro estilo de las grandes superproducciones norteamericanas. Por desgracia, eso se ha hecho a costa de infantilizar un producto que, a priori, se nos había vendido como una respuesta a la falta de nivel (en cuanto a contenido, que no en cuanto a espectacularidad y FX) del cine de ciencia ficción USA del último lustro.

Y es una lástima, pero también era previsible, porque Luc Besson, por mucha proyección internacional que tenga, tiene el mal hábito de mezclar grandes hallazgos con ideas más bien chorras. (Por ejemplo, en El Profesional, la química de la relación entre Natalie Portman y Jean Reno era lo único que salvaba una película cuyo guión a veces rayaba en lo disparatado).

Lo mismo viene a pasar con El Quinto Elemento. Empezamos con un arranque formidable, con ese comienzo en unas ruinas antiguas, una orden religiosa entregada a salvaguardar la única arma contra el mal y la llegada de unas criaturas superiores, visualmente epatantes, que recuerdan un cruce entre un tanque y los Vorlon de Babylon 5. Luego seguimos con una segunda escena que no le va a la zaga, con esa gigantesca bola incandescente que se dirige, imparable, hacia la Tierra (y, donde, por cierto, me pareció ver al capitán Sisko, je), para después presentarnos al protagonista de la peli, Bruce Willis, un taxista de un mundo del futuro que tiene toda la pinta de ser tataranieto del John McLane de La Jungla de Cristal.

Pero es a partir de este punto donde la película empieza a hacer aguas, pues Besson se obstina en mezclar la acción de la película con continuos momentos de comedia, con bastante poca fortuna. Así, los gags relativos al azoramiento de los personajes ante la (casi inexistente) vestimenta de Mila Jovovich llegan a cansar por repetitivos. Actores que podían haber dado mucho de sí, como el fraile, Ian Holm (el inquietante androide xenófilo de Alien) o el villano megalómano, Gary Oldman (todavía más pasado de vueltas que de costumbre, que ya es decir) ven a sus personajes sumidos en el más espantoso de los ridículos (De hecho, el villano de Oldman parece salido de las páginas de Mortadelo). Y la película recibe su golpe de gracia con la aparición de Chris Tucker ("¡verde, verdísimo!"), una especie de clon de Prince, pero pasado por el tamiz de No te rías que es peor. Con todo, algunas escenas si que consiguen arrancar la sonrisa, como Gary Oldman haciendo una demostración de lo que es una buena ametralladora futurista a unos extraterrestres multiformes (algo así como los klingons de la película), el mismo Oldman asfixiándose con el hueso de una fruta ante la divertida y magnánima mirada de Holm, o Mila Jovovich combatiendo a los multiformes al más puro estilo Bruce Lee. El problema es que, en general, se nota que Luc Besson no se toma en serio la película, y por tanto el público tampoco.

Con todo, la película no deja de tener sus logros: Willis, como de costumbre, está impecable en su papel de irónico héroe de acción. Los escenarios virtuales donde se desarrolla la película son brillantes y tienen un agradable regusto a comic europeo de ciencia ficción, en especial los de la megalópolis en la que vive el protagonista. Las escenas de acción están resueltas con brillantez y la película tiene excelentes momentos de FX, como la carrera en taxi al principio de la película. Y las pocas escenas en las que la película se toma en serio a sí misma incluye momentos muy emotivos (un punto fuerte en el cine de Besson, como se vio en El Profesional), como una de las primeras escenas, en la que Willis vacila en si debe entre entregar a Mila Jovovich a las autoridades o ceder a su desesperada súplica y huir con ella.

En suma, la película se deja ver con agrado la mayor parte del tiempo (con permiso del insufrible clon de Prince, claro, del que se echa de menos que no reciba alguna bala perdida), aunque dista mucho de tener el aire pretendidamente europeo con el que se nos ha querido vender la película, y más bien se diría que ha terminado siendo "asimilada" por el tono infantiloide que suelen tener las producciones yanquis de reciente cuño (Pero que nadie desespere: De la mano de Robert Zemeckis está a punto de llegar Contact...).